Los pollos mutantes de la Edad Moderna

Sam Wellington / el 25 de agosto de 2010

Cuando iba al colegio se me hizo familiar una historia que supongo que otros también habrán oído. La historia cuenta el caso de un famoso establecimiento para comida rápida y la factura que presentaba por la volatería. Se contaba que dicho establecimiento había emprendido un experimento genético para reducir gastos y dinamizar la producción. El resultado de dicho experimentos era un organismo rechoncho y fofo, que sabía mucho a pollo, sin que presentase trazas de plumas, ni pico, ni garras que pudiesen haber herido a algún desafortunado trabajador de la planta de volatería. Era en definitiva un trozo de carne que recibía los nutrientes esenciales por una serie de tubos y que el público consumía confiado.

Por supuesto, la historia era un bulo, una leyenda urbana creada en la mente de algún estudiante imaginativo o por un activista de los derechos de los animales, pero que tomó visos de realidad. En cualquier caso, la historia sirve de analogía con la sociedad actual y nuestro moderno sistema económico. No es que yo crea que un grupo de gente está destinada a tratar con las instalaciones de Soylent Verde, pero estamos condicionados para nutrir a la economía por una multiplicidad de caminos, siendo todo ello una manifestación del capitalismo de tipo americano, que se ha extendido, fatalmente, por el mundo entero.

Los economistas nos dicen que somos los consumidores el punto fuerte del sistema, pero es la economía la que nos consume. Pruebas de esto se ven en las caras de los parados o en la de aquellos que han perdido su casa en la última crisis económica. Y mientras esta economía consume a cualquiera que se muestre complaciente y dispuesto, también somos ofrecidos en los alto de la mesa como una vianda aderezada, unos desdichados corderos ofrecidos en sacrificio. Aún así, seguimos con nuestras vidas, gastando mientras el crédito nos lo permita. Es una especie de ignorancia feliz, un sistema que trata de extraernos hasta la última gota de nuestra vida de anfitriones.

Se nos ha ido formando de manera meticulosa en el hábito del consumo, vencidos por una cultura dominada por la necesidad de vender enormes cantidades de objetos, aunque sean completamente inútiles. No nos paramos a pensar ni por un instante en nuestro modelo de comportamiento, como si el consumo fuese un impulso vital, y como aquel trozo carnoso del experimento volátil, alimentamos nuestro deseo de consumir, diferenciándonos por nuestra capacidad para gastar, como algo esencial.

Esta perversa sociedad recurre a nuestras emociones básicas e impulsos para provocar el consumo. Es un edicto papal publicado por la autoridad capitalista: dé envidia, desee, siéntase orgulloso. Es la virtud de la nueva religión, mientras que la frugalidad se echa a las masas poco instruidas, los que no están destinados al éxito en este mundo temporal.

En nuestro subconsciente la frugalidad es el pecado original y el perdón sólo se obtiene recurriendo al consumo. Con cada nueva generación del corderos, o pollos, los estándares de consumo son cada vez más altos. A un viajero en el tiempo que viniera de 1980 le costaría aceptar que sólo han pasado 30 años. La necesidad tecnológica de nuestro tiempo nos ha convertido en confusos adictos. No dudo que una de las causas de la ruptura de la sociedad civil se debe a la dependencia de las multitudes del teléfono móvil, a la monotonía de la televisión y de las series, al uso patológico de Internet: los zombies realmente existen.

También hay otros bienes materiales que nos hacen creer que debemos tener. No solamente la tecnología es el origen de nuestras deudas ( está la asistencia médica y los bienes inmuebles ). Los aparatos tecnológicos podrían ser los primeros en desechar, en no ser objeto de nuestra dependencia, pero es el que transmite fielmente los principios de esta fe. Es un mercado abierto hasta el más humilde de los individuos, un opio de las masas. Es tan probable ver a un traficante de drogas con el teléfono móvil de última generación como a un joven trabajador, aunque aquel tuviese más necesidad de tal dispositivo para su uso durante las veinticuatro horas.

Mediante la tecnología somos bombardeados las 24 horas del día con imágenes, impartiendo la publicidad clases de cierta contención engañosa en el gasto. Mantiene nuestra atención, distrayéndonos de las cosas realmente esenciales de la vida: la familia, la amistad, el amor,… Se nos provee de un sustituto, como si fueran aquellos aspectos esenciales, animándonos a gastar más, hacernos consumidores más eficientes. Llamémoslo conspiración, aunque resultase de un experimento que acabó por nutrir la economía, de la cual sólo unos pocos encontrarán algo de felicidad. No puedo dejar de creer que tiene que haber mejores alternativas.

Sam Wellington es un autor freelance cuyo trabajo puede ser encontrado en su sitio web, Medianoche en la Tierra de Abundancia. Él tiene una MA en Asuntos Internacionales de la universidad americana y una BA en Historia. Lea otros artículos de Sam, o visite el sitio web de Sam.

http://dissidentvoice.org/2010/08/mutant-chickens-in-the-modern-age/

Traducción: Zenón

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