Informe Iron Mountain: sobre la posibilidad y conveniencia de la paz

REPORT FROM IRON MOUNTAIN:
ON THE POSSIBILITY AND DESIRABILITY OF PEACE

Parte 1 del Informe

INFORME DE IRON MOUNTAIN

SOBRE LA POSIBLIDAD

Y CONVENIENCIA

DE LA PAZ

The Dial Press, Inc. 1967, Nueva York,
Biblioteca del Congreso con tarjeta de catálogo Número 67-27553 Impreso en los EE.UU.

CONTENIDO:

  • Prólogo
  • Antecedentes
  • Declaración de John Doe
  • Informe del Grupo Especial de Estudio
  • Carta de envío
  • Introducción
  • Sección 1. Alcance del estudio
  • Sección 2. El desarme y la economía
  • Sección 3. Escenarios de desarme
  • Sección 4. La guerra y la paz como sistemas sociales.
  • Sección 5. Las funciones de la Guerra
  • Sección 6. Suplentes para las funciones de la Guerra
  • Sección 7. Resumen y Conclusiones
  • Sección 8. Recomendaciones
  • Notas

PRÓLOGO

John Doe, nombre ficticio que utilizaremos en este libro por razones obvias, es profesor en una Universidad del Medio Oeste. Su especialidad es el de las Ciencias Sociales, pero no lo identificaremos más allá de estas escuetas notas. Me llamó una noche de invierno, de manera inesperada, pues no había estado en contacto con él desde hacía mucho tiempo. Había estado en Nueva York y había algo muy importante que me quería decir. No me dijo de qué se trataba. Almorzamos al día siguiente en un restaurante de Midtown.
Era evidente su intranquilidad. Estuvo hablando durante media hora, de una forma nerviosa, e intenté no presionarle. Entonces me mencionó una disputa entre un escritor y una destacada familia política que recientemente había ocupado los titulares de los periódicos. Quería saber cuáles eran mis puntos de vista sobre la información y la libertad. Mis respuestas no fueron memorables, pero parecía que le satisfacían. Entonces de repente empezó a contarme la siguiente historia:

A principios de agosto de 1963, dijo, se encontró un mensaje en su escritorio de una tal “señora
Potts “que le había llamado desde Washington. Cuando respondió a la llamada un hombre estaba al otro lado, y le dijo a Doe, entre otras cosas, que había sido seleccionado para formar parte de una comisión muy importante. Su objetivo era determinar con precisión y de manera realista, los problemas a los que se enfrenta Estados Unidos, en el caso de que una paz permanente llegara y proyectar un programa para hacer frente a esta contingencia. El hombre describió los procedimientos singulares que debían regir el funcionamiento de la comisión y que se esperaba ampliar su ámbito de aplicación más allá de cualquier examen previo de esta situación.

Teniendo en cuenta que la persona a la que llamó no se identificó adecuadamente, su poder de persuasión debió de ser notable. Doe no dudaba de la buena fe del proyecto, sin embargo recelaba debido al secretismo con que muchas veces rodean las actividades gubernamentales. Además, el hombre que estaba al otro lado de la línea demostró un profundo conocimiento de la obra de Doe y de su vida personal. También mencionó los nombres de los otros participantes en la comisión, a la mayoría de los cuales conocía Doe por su reputación. Doe aceptó la tarea y se tendría que desplazar el segundo sábado a Iron Mountain, Nueva York. Al día siguiente recibió un billete de avión.

El tono de esta convocatoria se veía afianzado por el lugar de la reunión. Iron Mountain está situado cerca de la ciudad de Hudson, un escenario de Ian Fleming o E. Phillips Oppenheim. Se trata de un refugio antinuclear para el almacenamiento de documentación importante. Pero también mantiene un equipo de reemplazo y personal esencial para sobrevivir en caso de producirse un ataque. También se incluyen en este grupo a empresas como la Standard Oil de New Jersey, Manufacturers Hanover Trust y la Shell.

Voy a dejar que cuente la historia posterior el propio Doe, miembro de la Comisión que elaboró el estudio. Fue un trabajo desarrollado durante dos años y medio, tras lo cual vio la luz un informe. Era sobre este informe por lo que Doe quería hablar conmigo.

El informe había sido ocultado… tanto por el Grupo de Estudio Especial, como por el Comité Interinstitucional del gobierno al que se le había presentado. Después de dos meses de dudas, Doe había decidido que no se podía mantener en secreto. Lo que buscaba de mí era asesoramiento y ayuda para la publicación del informe. Me dio a leer una copia bajo mi palabra de que si no estaba interesado en participar, no debía decir nada a nadie.

Leí el informe esa misma noche. Paso por alto mis primeras reacciones, y enseguida comprendí la reticencia de los compañeros de Doe a publicar sus conclusiones. Había sucedido que habían sido tan tenaces en su determinación de abordar de manera global los muchos problemas que acarreaba un mundo sin guerras que las preguntas iniciales no habían sido suficientemente abordadas. Estas fueron sus conclusiones:

Una paz duradera, aunque fuera teóricamente posible, es inalcanzable, incluso si se pudiera lograr, pues no sería lo mejor para tener una sociedad estable.

Esto es esencialmente lo que dicen. Detrás hay un lenguaje académico que entreteje la argumentación general: la Guerra realiza ciertas funciones esenciales para la estabilidad del medio, hasta que no se encuentren otras formas más desarrolladas, el sistema de la Guerra debe ser mantenido y mejorada su eficacia.

No es de extrañar que el Grupo, en su carta de presentación del informe, no justificase su trabajo para “lectores que no tuviesen responsabilidades políticas o militares”. El informe iba dirigido, deliberadamente, a los administradores públicos de alto rango, asumiendo una considerable sofisticación política para este selecto público. Para los demás el documento puede ser muy inquietante en sus conclusiones.

Entre las conclusiones, que la gente no debía leer, se dice que la mayoría de los avances médicos son un problema más que un progreso; la pobreza es necesaria y deseable, a pesar de la postura contraria de ciertos políticos; que los ejércitos son instituciones permanentes de asistencia social, en el mismo sentido que lo son las residencias de ancianos y los hospitales psiquiátricos. Puede sentirse el lector no preparado aturdido por las explicaciones que se dan sobre los incidentes con platillos volantes en menos de una frase. O sorprendido sobre el programa espacial, los polémicos misiles antimisiles y los refugios antiatómicos, son programas para la inversión de grandes cantidades de dinero, no para el avance de la ciencia o de la defensa nacional como sus objetivos principales y para saber que la política militar no está precisamente relacionada con la defensa.

Puede verse ofendido por una política premeditada de represión de los grupos minoritarios, el restablecimiento de la esclavitud (en general favorable e incluido como un posible aspecto para un mundo estable). Tampoco vería con buenos ojos la contaminación deliberada del aire y del agua (como parte de un programa de estabilización mundial), incluso cuando la razón es aclarada. Que un mundo sin guerras tendría que recurrir antes o después a sistemas de procreación in vitro es también inquietante, sin ningún atractivo. Pocos lectores no se quedarían desconcertados, al menos por las líneas del informe oficial, y luego reiteradas en las recomendaciones oficiales, que sugieren de la planificación, como algo deseable y óptimo, de guerras abiertas que destruyan periódicamente la vida, aspecto éste que tiene una prioridad importante entre las incluidas en el informe del Grupo.

He citado estos ejemplos sobre todo para advertir al lector sobre lo que puede encontrar. Los estadistas, estrategas, que ya conocen el informe, no necesitan obviamente este tipo de explicaciones y de protección contra su sensibilidad.

Este libro, por supuesto, es una prueba de mi respuesta a la petición de Doe, después de considerar los problemas a los que nos tendríamos que enfrentar por la edición del Informe, que finalmente decidimos fuera The Dial Press la editora. Su importancia fue enseguida reconocida y se nos dieron seguridades para que ninguna interferencia diese al traste con la publicación.

Debe quedar claro que Doe no está en desacuerdo con el contenido del Informe, ya que supone un consenso en todos los aspectos importantes. Era una voz discordante en el grupo, pero sólo en cuanto a la divulgación del mismo al público en general. Es interesante ver como el grupo trató esta cuestión.

El debate tuvo lugar en la última reunión del Grupo antes de la entrega del Informe, a finales de marzo de 1966, y se celebró de nuevo en Iron Mountain. Se deben tener en cuenta dos hechos:

  • El Grupo Especial de Estudio nunca había jurado guardar secreto, ni cuando se constituyó ni con posterioridad.
  • Pero el grupo funcionaba como si ese juramento se hubiera hecho. Esto fue asumido por las circunstancias de su creación y por el tono de las instrucciones que habían recibido.

El reconocimiento que se hace a las ayuda prestada por terceras personas es un tanto equívoco, ya que estas personas participaron pero sin conocer la naturaleza del proyecto para el que fueron solicitados sus servicios.

Los que defendían el mantenimiento en secreto del informe estaba motivado por las reacciones impredecibles que podían tener a nivel político. Como prueba de ello, ya se había pedido la supresión de un informe mucho menos comprometido, el del senador Hubert Humphrey sobre desarme, de 1962. (Miembros de la Subcomisión de Asuntos Exteriores temían que fuera utilizado por la propaganda comunista, como lo que dijo el senador Stuart Symington: “ el método marxista de producción era el éxito del capitalismo”. Precauciones similares se habían tomado con el informe Gaither de 1957, o incluso con el llamado informe Moynihan de 1965.

Además se insistió en que había que distinguir entre los estudios serios, que normalmente se encuadra como clasificados, a menos que los responsables políticos decidan liberarlos; por otro lado, los proyectos de escaparate o convencionales, que se sacan como un señuelo para desviar la atención sobre los otros. (El ejemplo de ello era la “While House Conference” sobre desarme, organizada a finales de 1965 para compensar la escalada de protestas por la guerra de Vietnam).

Doe reconoció esta distinción, así como la posibilidad de un malentendido público. Sin embargo, el cree que si la agencia patrocinadora quería mantener el secreto, éste tenía que haberse mantenido desde el principio. También podía haber encargado el proyecto a un grupo de expertos, que normalmente trabajan en régimen clasificado. Se reía de la reacción del público, que podría devaluar las medidas del gobierno en relación a las propuestas del Grupo y se ridiculizó el lavado de manos que hizo el Grupo sobre sus responsabilidades por la opiniones vertidas y las conclusiones que allí se expresaban. Tenía la preocupación de que era un derecho público el saber lo que se estaba haciendo.

Según lo que cuenta Doe, éste trató de convencer a sus compañeros para que se hiciese así. Mi participación en este libro muestra que no soy neutral en el asunto. En mi opinión, la decisión del Grupo Especial de Estudio de censurar sus propias conclusiones era tímida y presuntuosa. Sin embargo, la respuesta de las agencias, que decían que era un informe amañado para publicarlo, plantea cuestiones más amplias dentro del campo de la política pública. Estas preguntas se dirigen al uso continuo de ciertas definiciones, como la de seguridad, para evitar la vergüenza de la política posible. No deja de resultar irónico que estas prácticas a veces resulten contraproducentes.

Debo declarar, para que conste, que yo no comparte las conclusiones que hacia la guerra y la paz, la vida y la muerte, la supervivencia de la especie, se recogen en el Informe. En terminos humanos es un documento escandaloso. Pero por otra parte representa un esfuerzo serio y difícil de definir un problema. En él se explican ciertos aspectos de la política norteamericana, que de otro modo serían incomprensibles si nos dejamos llevar por las normas del sentido común. Me parece que en estas explicaciones hay más de lo que se dice, y me parece que tenemos el derecho a conocerlas, y también de dónde proceden.
No me refiero sólo a los autores del informe. Es más importante saber hasta qué punto estas conclusiones son aceptadas oficialmente y tenidas en cuenta por el gobierno. ¿Cuáles aceptan y cuáles rechazan? Sólo una discusión franca nos permite albergar alguna esperanza para resolver los problemas planteados por el Grupo Especial de Estudio en su Informe de Iron Mountain.

L.C.L. Nueva York, junio de 1967.

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