La táctica del chocolate laxante

Lidiando con el capitalismo

¿Por qué un verdadero movimiento contra la guerra comienza (y termina) por casa?

por Greg Burris / 14 de abril 2010

Lo más conocido del ya texto clásico de Frantz Fanon “Los condenados de la Tierra”, 1961, es el primer capítulo. En cuanto a la cuestión de la violencia, hace un llamamiento contundente al uso de las armas contra la injusticia y la explotación producida por el colonialismo europeo. Lo que a menudo ha pasado más desapercibido son las anécdotas que se recogen en las páginas finales: los casos de paciente que acudieron a buscar ayuda psiquiátrica a la consulta de Fanon durante la sangrienta lucha por la independencia de Argelia. Hay que destacar especialmente la historia de un inspector de policía de 30 años de edad, francés, casado y con tres hijos, que se pasó su vida torturando a los prisioneros argelinos y que por las noches tenía terribles pesadillas e impulsos violentos hacia los miembros de su familia. La primera vez que solicita ayuda psiquiátrica es porque había atado a una silla y tratado de forma sádica y violenta a su esposa. ¿El delito? Su mujer había denunciado el abuso físico que ejercía hacia su hijo de 20 meses de edad.

La solución al problema que tiene el torturador es evidente: dejar de torturar. No hay que ser Sigmund Freud para ver la relación causa/efecto entre los abusos a sus seres queridos tras el regreso de su espeluznante ocupación. Sin embargo, continuó trabajando a tiempo completo durante el periodo de tratamiento, y no tenía ninguna intención de dejarlo. Esto no era, como se podría suponer, por una negación de los hechos. El inspector de policía relacionaba sus actitudes violentas con su trabajo de torturador. Como dijo Fanon: “Este hombre conocía perfectamente sus trastornos, causados directamente por el tipo de actividad que se llevaba a cabo en las salas donde se realizaban los interrogatorios.” Sin embargo, el paciente pidió a Fanon “ayuda para que pudiera seguir torturando a los disidentes argelinos sin tener después pesadumbre de conciencia, sin problemas de conducta y conseguir un cierto equilibrio.” En otras palabras, el torturador francés sólo quería una estrategia eficaz de defensa contra los efectos secundarios de tu horrible vocación.

El caso del torturador de Fanon con trastornos mentales tiene muchos paralelos con nuestra sociedad moderna. Hoy en día hay una tendencia parecida hacia las personas que sufren efectos secundarios por alguna de las actividades que realizan, de modo que no se molestan en realizar un diagnóstico de las causas. Esto incluye al abuso que se hace de la prescripción farmacéutica, por ejemplo para perder peso, o para calmar a los niños que no reciben la atención que necesitan. De esta manera, se nos permite continuar, sin pensar en las actividades perjudiciales que realizamos, ni en nuestros estilos de vida, que fueron la causa de nuestras iniciales quejas.

Una observación similar ha sido hecha por Slajov Ẑiẑek, que observa las paradojas del mercado capitalista. En el Teatro de marionetas y el enano escribe: “ En el mercado actual nos encontramos con toda una serie de productos privados de sus supuestas propiedades perversas: café sin cafeína, leche sin grasa, grasa sin grasa, cerveza sin alcohol”. Hay un paralelismo entre el torturador de Fanon y la tendencias actuales del mercado: ambas representan los intentos de tratar el síntoma, sin atender a las causas. Los que participan en tan fáciles soluciones, eliminando los contenidos nocivos de los productos nocivos, olvidan que quizás no serían dañinos si no se consumiesen.

Este desprenderse de las causas de los síntomas puede dar como resultado una falta de reconocimiento de la relación existente entre ambos. Como Ẑiẑek ha señalado: “ El último ejemplo de esta tendencia es sin duda un chocolate laxante, disponible en los Estados Unidos, con el siguiente mensaje: ?Tiene estreñimiento?¡Como más chocolate! (Es decir, aquello que causa estreñimiento)”. En efecto, después de los tráficos sucesos del 11 de septiembre, el presidente Bush dejó de lado los problemas económicos que habían conducido a tan lamentable situación y recetó al público estadounidense su propia chocolate laxante. “Suba a bordo ¿Desea brillantes negocios en este país? Vuele y disfrute de las grandes oportunidades que los EE.UU le ofrece. Vaya a Disney World, vaya con familia a disfrutar de la vida, de la forma que queremos que disfrute.”

Por supuesto, la administración Bush no tenía control sobre unos recursos mal utilizados, y de hecho, en el contexto de la política de los EE.UU, la defensa hecha del chocolate laxante es asunto de los dos partidos. Por lo tanto, la catastrófica crisis financiera de 2008 fue atendida por males gerentes, inundando con dinero a quien ha producido enormes pérdidas, distribuyendo la riqueza en manos privadas y en grandes cantidades. De la misma manera, el gobierno de Obama piensa en dominar las prácticas abusivas de las compañías de seguros privados, pero lo que ha hecho ha sido garantizar aún más clientes para esta industria, haciendo que sea obligatorio el contratar un seguro privado por todos los ciudadanos. Es decir, la causa de los problemas se presenta como una solución.

Esta misma idea podía también aplicarse a todos esos cuentos de miedo de los veteranos de EE.UU, que aplican sus instintos de guerra sobre sus seres queridos después de regresar a casa. Un soldado del estado de Washington fue acusado de someter a su hija de cuatro años de edad a la técnica de tortura del agua por no memorizar el alfabeto. Estos casos suelen ser tratados como monstruosos e inexplicables aberraciones, unas pocas manzanas podridas, en lugar de analizar los hechos como un subproducto del procedimiento operativo estándar. Ha arraigado tanto en el imaginario popular que ya se han hecho varias películas en Hollywood. Por ejemplo, Hermanos (2009), una película en el que el personaje del capitán Sam Cahill, interpretado por Tobey Maguire, regresa de Afganistán transformado. Antes de ir a la guerra, representaba el idea del modo de vida americano: hijo favorito de su padre, jefe de familia feliz, esposo de una bella esposa, y padre de dos encantadoras niñas. En resumen, un buen ciudadano, viviendo con lujo, cómodamente en un pequeño pueblo de los EE.UU. Después de ser capturado, torturado y obligado a asesinar a su amigo por un grupo de viles terroristas afganos, regresa a su paraíso consumista desequilibrado, con una actitud hostil, paranoide, carcomido por la situación. La guerra parece que es el gran corruptor.

No es de extrañar que hermanos termine con una imagen positiva, en la que Cahill recibe un beneficioso tratamiento psiquiátrico. Brilla por su ausencia en la película una relación entre las guerras y el posterior enfrentamiento con las estructuras sociales una vez que se regresa. Por el contrario, el tratamiento sirve como un método para llevar a Cahill de vuelta al redil de la normalidad, sin reconocer las efectos que producen en primer lugar las guerras. La película no reconoce nada más que dos esferas opuestas: la vida en familia de Cahill, lujosa, y la muerte y destrucción en Afganistán, pero que son en realidad dos caras de la misma moneda. Al igual que con el chocolate laxante de Žižek, Hermanos sugiere que el remedio para el síntoma es entregarse más aún a la causa.

Esto no quiere decir que la terapia no funcione. Al contrario, las prácticas terapéuticas como la meditación, la experiencia religiosa, y la espiritualidad, pueden servir de eficaces métodos para afrontar la situación. Pero esto es lo que lo hace tan peligroso. Calmando nuestros dolores sintomáticos, estos tratamientos actúan como una especie de anestesia, un embotamiento que desvía nuestra atención de las causas sistémicas de nuestras desagradables enfermedades. Como Dana Cloud lo dejó escrito en su estudio Control y consolación en la cultura americana y la política: “ el tratamiento terapéutico… trastoca los conflictos políticos en los individuos y las familias, privatizando la experiencia de la opresión y las formas de enfrentarse a ella, traduciéndose en cuestiones políticas, problemas psicológicos, que deben resolverse a través de un cambio personal, psicológico.” Así que mientras la terapia puede producir una gratificación instantánea, siguen siendo recursos cortos de miras, siempre y cuando se resuelvan los problemas a nivel individual, sin apuntar a la causa de los mayores pesares, causas estructurales detrás de los molestos síntomas.

¿Qué sucede si damos un paso más allá y los aplicamos al ámbito de la política? ¿Acaso se puede aplicar la misma lección a la actitud típica de la llamada “guerra global contra el terror”? Si nuestras guerras en el extranjero son una de las causas de nuestros males, entonces lo que hay que hacer es dejarlas. Si bien hay un plan de retirada, éste debe ser apoyado por todas las personas preocupadas por la vida humana, sin perder un punto de vista más amplio. Echarle la culpa a la guerra de nuestros problemas es táctica fácil, ocultando el verdadero diagnóstico de la cruda realidad, de que todo se resuelve con una retirada de Afganistán o Irak, sin abordan las causas estructurales de esas guerras, de modo que se impiden la proliferación de otras futuras.

Tratando las guerras como una decisión política equivocada o como una aberración monstruosa, se está ocultando la siniestra realidad de que las guerra de Afganistán e Irak fueron, de hecho, creadas por las estructuras políticas y económicas de nuestra sociedad. Ignorar esto es caer de nuevo en nuestra feliz fantasía consumista, el equivalente a tratar el estreñimiento con el chocolate laxante de Žižek. El camino hacia la guerra comienza en casa, y debemos reconocer que las guerras de Afganistán e Irak son también síntomas del imperio capitalista.

Así, de la misma forma que el torturador de Fanon quería seguir con su negocio de tortura, pero sin pesadillas ni molestias, el movimiento liberal contra la guerra trata de continuar el negocio del capitalismo, pero sin síntomas molestos. Las disparidades económicas y las quejas que se encuentran detrás de muchos sucesos violentos en el mundo, tanto de los estados, como de los terroristas, nunca están dirigidos. Hacerlo supondría un replanteamiento de las estructuras capitalistas, algo que nadie parece dispuesto a hacer. Para tratar estas cuestiones se requiere tratar la causa de los síntomas y no sólo los síntomas. O para decirlo de otra manera, si queremos acabar con las guerras causadas por el capitalismo tenemos que trabajar para derrocar el capitalismo mismo. Al igual que aquellas personas que creen que pueden bajar de peso simplemente por hartarse de “comida basura sana”, y al igual que el torturador de Fanon quería curar sus pesadillas mediante terapia, los que hoy creen que pueden seguir disfrutando de su tarta capitalista y comérsela , pero sin el desagradable terrorismo, las torturas y la guerra, sólo están bromeando.

Fuente: http://dissidentvoice.org/2010/04/coping-with-capitalism/

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